«Antes nos peleábamos con respeto, de frente, con arena en la cara. Ahora nos peleamos por la espalda».
Así lo recuerda un anciano al hablar del «Messing», una práctica tradicional fang que iba mucho más allá de la lucha física. Sus palabras resumen una preocupación que afecta a la transmisión de las costumbres: la posibilidad de que una tradición desaparezca junto con los valores que durante generaciones ayudó a transmitir.

Pero ¿qué era realmente el Messing? ¿Por qué ocupaba un lugar importante en la formación de los hombres fang y qué ha sucedido para que hoy sea menos conocido entre algunos jóvenes?

Según las investigaciones, en su libro sobre esta tradición, el «Messing» era una forma de preparación física y personal. Desde pequeños, los hombres aprendían a defenderse frente a los peligros de su entorno, incluidos los animales salvajes y otras amenazas.

No se trataba simplemente de pelear. Era una práctica que buscaba preparar al hombre para afrontar las dificultades, desarrollar sus habilidades físicas y aprender a enfrentarse a un adversario.

El Messing tenía sus propias normas y un espacio específico para su celebración, conocido como «Ebeng Messing»: un cuadrilátero de arena preparado para los enfrentamientos.

Tradicionalmente, las luchas se celebraban entre octubre y enero, coincidiendo con la época del maíz tierno. Su organización tampoco dependía de cualquiera. Correspondía al patriarca o jefe de la comunidad que contara con un campeón, conocido como «Nsing».

De ahí procede el refrán fang «Ocuán Messing obele Nsing», que significa: «Si convocas el «Messing», debes tener un campeón».

La expresión refleja la importancia que tenía la preparación de los luchadores y la responsabilidad de quien organizaba el enfrentamiento.

El desarrollo del Messing seguía un ritual. Al sonido de la tumba, el instrumento de percusión que acompañaba la lucha, los participantes ocupaban sus posiciones.

Los grupos podían desafiarse mediante gritos, movimientos y cantos que animaban el ambiente. Sin embargo, antes de comenzar el combate, los luchadores se saludaban con solemnidad y cortesía.

Uno de ellos podía saltar al cuadrilátero, colocar las manos sobre los muslos, mantenerse firme, recoger un puñado de arena y lanzárselo al rostro de su adversario. Era una forma de desafío que anunciaba el comienzo de la lucha.

Lo que hoy podría interpretarse como una provocación tenía, dentro de aquel contexto tradicional, un significado ritual.

Una vez iniciado el combate, los luchadores debían respetar determinadas reglas. No podían agarrar al contrario por el cuello ni por las piernas. La técnica consistía en controlar el cuerpo del adversario mediante los brazos y los movimientos de las piernas, buscando derribarlo.

La victoria se conseguía cuando uno de los participantes lograba hacer caer al otro de acuerdo con las reglas tradicionales. También existía la posibilidad de un empate si ambos caían al mismo tiempo en las condiciones previstas.

El vencedor era llevado a hombros entre bailes y celebraciones. La derrota, sin embargo, no siempre se aceptaba con deportividad. Según el relato recogido en el texto de referencia, en ocasiones las disputas podían continuar entre las familias y prolongarse durante generaciones.

Esta contradicción muestra que, aunque el «Messing» tenía normas y rituales, su práctica también dependía de la capacidad de los participantes y sus comunidades para respetar los límites del enfrentamiento.

El valor del Messing no residía únicamente en la fuerza física ni en la habilidad para derribar al adversario. También estaba relacionado con el aprendizaje de unas normas y con la manera de entender la confrontación.

En la conclusión de su obra, Víctor Ebea Anque destaca el valor educativo y moral de esta práctica tradicional. La presenta como una forma de aprender a controlar las fuerzas físicas mediante la razón y a respetar a la persona contra la que se lucha.

Esta idea permite comprender una de las dimensiones más importantes del Messing: el adversario no era solamente alguien a quien vencer, sino también una persona a la que se debía reconocer y respetar.

En ese sentido, la tradición plantea una reflexión que sigue teniendo actualidad: competir no tiene por qué significar odiar, y enfrentarse a otra persona no debería eliminar el respeto hacia ella.

¿POR QUÉ SE ESTÁ PERDIENDO EL MESSING?

La transmisión de las tradiciones depende, en gran medida, de que existan personas capaces de enseñarlas y nuevas generaciones dispuestas a aprenderlas.

En el caso del Messing, la pérdida de los espacios de práctica, la falta de relevo generacional y los cambios en las formas de entretenimiento pueden dificultar que los jóvenes conozcan esta disciplina.

El «Ebeng Messing», que antes servía como escenario para los enfrentamientos, corre el riesgo de quedar en el recuerdo si deja de utilizarse. Los mayores que conocen sus reglas y sus rituales también son fundamentales para transmitir la historia de esta práctica.

Mientras tanto, las nuevas generaciones crecen en una sociedad diferente, con otras formas de ocio, nuevas aspiraciones y distintas maneras de relacionarse.

Recuperar el Messing no significa necesariamente volver al pasado ni reproducir todas las formas en las que se practicaba. Significa conocer su historia, documentar sus reglas y transmitir los valores que forman parte de su legado.

Las asociaciones culturales, las comunidades y las instituciones educativas podrían contribuir a esta tarea mediante encuentros intergeneracionales, demostraciones culturales y actividades que expliquen su significado histórico.

También sería importante conservar los testimonios de quienes conocieron esta práctica, para que sus recuerdos no desaparezcan sin haber sido registrados.

Porque una tradición no se conserva únicamente pronunciando su nombre. Se conserva cuando se conoce, se documenta, se enseña y se transmite a quienes vienen detrás.

El anciano resumía su preocupación con una comparación entre las peleas de antes y las de ahora. Su reflexión invita a mirar más allá de la lucha física y preguntarse qué lugar ocupan el respeto, la disciplina y el autocontrol en las relaciones humanas.

El Messing pertenece a una historia y a una cultura que merecen ser conocidas por las nuevas generaciones. Su importancia no está en idealizar el pasado, sino en comprender qué enseñanzas pueden conservarse y cómo transmitirlas de manera responsable.

Quizá el mayor desafío no sea recuperar la arena ni reconstruir el antiguo cuadrilátero. Quizá sea conseguir que los jóvenes conozcan una tradición que muchos de sus mayores todavía recuerdan.

Porque cuando desaparece una práctica cultural, no solo se pierde una forma de hacer las cosas: también puede perderse una parte de la historia que explica quiénes somos.