Y es precisamente ahí donde la memoria adquiere un papel fundamental.
A medida que aprendemos, nuestro cerebro va almacenando conocimientos y experiencias que posteriormente nos permiten desenvolvernos con mayor facilidad. Una parte de esos aprendizajes queda registrada en lo que conocemos como memoria procedimental, aquella que nos permite recordar cómo se hacen determinadas cosas sin necesidad de pensar conscientemente en cada uno de los pasos.
Aprendemos a caminar. Aprendemos a montar en bicicleta. Aprendemos a conducir. Aprendemos a utilizar determinadas herramientas o a desarrollar un oficio. Al principio necesitamos concentración, esfuerzo y repetición. Con el tiempo, muchas de esas acciones terminan realizándose casi de manera automática.
Eso es la memoria procedimental: la memoria de aquello que aprendemos haciendo.
Pero la memoria no se limita a conservar habilidades. También guarda nuestras experiencias, nuestros recuerdos y buena parte de aquello que nos convierte en quienes somos. Por eso, aprender y recordar son procesos estrechamente relacionados.
Cuando una persona transmite a otra lo que ha aprendido, no solo está enseñando una determinada habilidad. También está transmitiendo una experiencia acumulada. De generación en generación, los conocimientos se conservan, se transforman y vuelven a ser aprendidos.
Nuestros mayores son un claro ejemplo de ello. Muchos conocimientos sobre la agricultura, la gastronomía, la artesanía, las costumbres o las formas tradicionales de relacionarse con el entorno no aparecen necesariamente en los libros. Han sido aprendidos mediante la práctica y transmitidos de una generación a otra.
Por eso considero que debemos valorar la memoria como una herramienta fundamental para preservar aquello que aprendemos y aquello que somos.
Nadie nace sabiendo. Aprendemos porque alguien nos enseña, porque observamos, porque practicamos y porque la experiencia deja una huella en nuestra memoria.
Y cuando aquello que hemos aprendido se conserva y se transmite, deja de ser únicamente un conocimiento individual para convertirse también en parte de nuestra historia y de nuestra identidad colectiva.
Al fin y al cabo, olvidar lo aprendido es perder una parte del camino recorrido. Recordarlo y transmitirlo es una manera de mantener vivo ese conocimiento.
Porque nadie nace sabiendo; aprendemos, recordamos y transmitimos. Ahí comienza también nuestra identidad.









