‎En las últimas semanas del mes de agosto, concretamente en la ciudad de Bata, hay una situación que resulta difícil de entender y todavía más difícil de justificar: mientras las oficinas de SEGESA permanecen iluminadas, numerosas instituciones públicas que tienen la responsabilidad de atender al ciudadano se ven obligadas a trabajar a oscuras, con velas, grupos electrógenos averiados o, sencillamente, a paralizar sus actividades.

‎La lista es larga y preocupante: UNED, CENEDOGE, INAP, ITV y otras instituciones y empresas estatales están sufriendo las consecuencias de unos cortes de electricidad que, además, según se denuncia, ni siquiera son comunicados oportunamente a las entidades afectadas.

‎La UNED necesita energía para desarrollar sus actividades académicas y garantizar la enseñanza virtual.

CENEDOGE necesita electricidad para digitalizar y gestionar documentos. El INAP requiere energía para sus procesos de inscripción, formación y capacitación de los funcionarios. La ITV necesita electricidad para realizar las inspecciones técnicas de los vehículos.

‎No estamos hablando de negocios privados ni de actividades secundarias.
‎Estamos hablando de instituciones que forman parte del engranaje del Estado.
‎Y cuando ese engranaje se queda sin electricidad, quien termina pagando las consecuencias es el ciudadano.


‎No parece razonable que una institución encargada de formar funcionarios, gestionar documentación, prestar servicios educativos o garantizar la seguridad vial pueda quedar sin suministro durante horas mientras otras instalaciones mantienen su actividad con normalidad.


‎No se puede exigir eficiencia a los funcionarios cuando no existen las condiciones materiales mínimas para trabajar.

‎No se puede hablar de digitalización cuando los equipos informáticos no pueden permanecer encendidos.
‎No se puede exigir resultados a las instituciones cuando se les priva de uno de los recursos básicos para funcionar.

‎Y tampoco debería normalizarse que los cortes de electricidad se conviertan en una rutina que las instituciones públicas tengan que resolver por sus propios medios.

‎SEGESA no debería ser vista únicamente como una empresa encargada de suministrar y facturar electricidad.
‎Su función tiene una dimensión mucho más amplia: el suministro eléctrico sostiene el funcionamiento de hospitales, escuelas, universidades, administraciones públicas, servicios de seguridad, empresas y hogares.

‎Por eso, ante situaciones de racionamiento, resulta razonable exigir mecanismos de prioridad para aquellas instituciones cuyo funcionamiento afecta directamente al interés público.
‎Hay, al menos, dos medidas que deberían considerarse con carácter urgente:

‎Líneas prioritarias

‎Instituciones como la UNED, CENEDOGE, INAP, hospitales, centros educativos y otros servicios esenciales no deberían recibir necesariamente el mismo tratamiento que establecimientos cuya actividad no sea crítica para la prestación de servicios públicos.

‎Transparencia en los cortes

‎Si existe un programa de racionamiento, las instituciones afectadas deberían conocer con antelación los horarios, duración aproximada y criterios utilizados. La falta de información alimenta la sensación de arbitrariedad.

‎Y mucho menos se puede convertir el uso de velas y generadores en la solución habitual de instituciones que deberían estar preparándose para el futuro.
‎Apagar al Estado es dispararse al pie.

‎Si realmente queremos un país que avance, la electricidad debe llegar primero —o, al menos, garantizarse de manera prioritaria— allí donde se forman los ciudadanos, se capacita a los funcionarios, se gestionan documentos, se inspeccionan vehículos y se prestan servicios esenciales.

‎Porque cuando se apaga la luz de una institución pública, no solo se apaga una oficina: se apaga, durante ese tiempo, una parte del Estado.

‎¿Qué opinas? ¿En tu institución también se producen cortes de electricidad mientras otras oficinas mantienen el suministro?