Este 10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental, no basta con recordar una fecha. Es necesario afrontar una realidad que muchas personas padecen a puerta cerrada: hay sufrimientos que no dejan heridas visibles, pero que pueden destruir vidas, quebrar familias y apagar las esperanzas de quienes no encuentran a alguien dispuesto a escucharlos.
Guinea Ecuatorial ha avanzado en infraestructuras sanitarias, pero la atención al bienestar psicológico y emocional continúa necesitando mayor visibilidad. Todavía pesa un tabú peligroso: considerar que acudir al psicólogo es cosa de personas que han perdido la razón, que la depresión se supera simplemente con voluntad o que la ansiedad desaparece ignorándola.
Nada más lejos de la realidad. Los problemas de salud mental no deben confundirse con falta de carácter, debilidad espiritual o ausencia de voluntad. Son problemas de salud que merecen comprensión, atención profesional y respuestas oportunas.
El problema también está en aquello que no contamos. Nos acostumbramos a fingir que estamos bien, a sonreír cuando por dentro estamos agotados y a responder «no pasa nada» cuando sentimos que ya no podemos más.
Detrás de ese silencio puede estar el joven que abandona sus estudios porque no consigue afrontar la presión; la madre que sostiene sola las responsabilidades de su hogar hasta quedar emocionalmente desbordada; el funcionario que normaliza el insomnio y el agotamiento permanente; o el adolescente que no encuentra a quién confiarle sus preocupaciones por miedo a ser ridiculizado o juzgado.
No todos expresan el sufrimiento de la misma manera. Algunos se aíslan, otros se irritan con facilidad y muchos continúan cumpliendo sus obligaciones mientras libran una batalla interior que nadie conoce.
Que una persona siga sonriendo, trabajando o estudiando no significa necesariamente que esté bien. Por eso, reducir la salud mental a lo que se ve desde fuera es ignorar una parte esencial del bienestar humano.
Tres pasos urgentes para dejar de mirar hacia otro lado
El primer paso es romper el silencio. Hablar de lo que nos sucede no es quejarse ni buscar atención: es reconocer una necesidad y abrir la puerta a posibles soluciones. Acudir a un profesional de la psicología no debe provocar vergüenza, sino entenderse como una decisión responsable de cuidado personal.
El segundo consiste en acercar los servicios de salud mental a la población. Es necesario avanzar hacia una mayor disponibilidad de psicólogos y orientadores en los centros educativos, las universidades y los centros de salud distritales. La atención psicológica no debería convertirse en un privilegio reservado únicamente a quienes pueden pagarla, sino formar parte de una respuesta sanitaria accesible y adecuada a las necesidades de la población.
El tercero es educar desde la infancia. Los centros escolares necesitan incorporar la educación emocional a sus programas y ofrecer formación al profesorado para reconocer señales de alerta, escuchar sin prejuicios y orientar a los estudiantes hacia la ayuda apropiada. Enseñar a identificar las emociones, gestionar los conflictos y pedir apoyo también es preparar a los jóvenes para la vida.
Cuidar la mente también es construir el país
Desde este medio, en el marco del Día Mundial de la Salud Mental, hacemos un llamamiento al Ministerio de Sanidad, al Ministerio de Educación y a toda la sociedad para que el bienestar psicológico deje de ocupar un lugar secundario en las prioridades colectivas.
Una sociedad que desatiende la salud mental de sus ciudadanos también compromete su desarrollo educativo, laboral y familiar. No puede hablarse de bienestar integral mientras quienes necesitan ayuda se enfrentan al estigma, a la falta de orientación o al temor de ser señalados.
La respuesta exige políticas de prevención, servicios accesibles, profesionales preparados y, sobre todo, un cambio de mentalidad. Ninguna campaña será suficiente si, después de hablar públicamente de salud mental, seguimos ridiculizando a quien reconoce que está sufriendo.
Este 10 de octubre, la reflexión debe ir más allá de las palabras. Hay que aprender a escuchar, dejar de juzgar y comprender que pedir ayuda no convierte a nadie en una persona débil.
Si estás atravesando un momento difícil, no tienes por qué afrontar todo en soledad. Habla con alguien de confianza y busca apoyo profesional cuando lo necesites.
Y si tú estás bien, mira a tu alrededor. Pregunta cómo está esa persona que últimamente permanece callada, ese compañero que parece agotado o ese familiar que ha dejado de ser el mismo. Escucha su respuesta sin minimizar lo que siente.
Porque hay heridas que no se ven, dolores que no se cuentan y personas que sufren en silencio. A veces, el primer paso para salvar una vida no es tener todas las respuestas, sino estar dispuesto a escuchar.









