Perderse en el bosque a las cuatro de la tarde no es un simple contratiempo; es entrar en una carrera contra la oscuridad, el clima y el terreno. El miedo es real. Pero hay una realidad aún más contundente: sin quienes conocen el bosque, encontrar a un desaparecido se convierte en una misión casi imposible.

En contextos como estos, la actuación no debería recaer exclusivamente en un solo cuerpo de seguridad. La experiencia demuestra que una operación eficaz exige coordinación entre diferentes perfiles técnicos y humanos. Cada uno cumple una función específica y complementaria.

El primero en actuar debería ser el guarda forestal. Es el hombre o la mujer del terreno. Quien conoce cada sendero, cada río, cada cueva que no aparece en los mapas. Es quien interpreta señales, huellas y patrones de desplazamiento en el bosque. Cuando llega la alerta, su intervención es inmediata, porque no necesita adaptarse al terreno: ya vive en él. Sin guardas forestales bien formados y equipados, cualquier búsqueda empieza prácticamente a ciegas.

A su lado entra el técnico forestal, la figura que convierte la intuición del terreno en estrategia operativa. Es quien delimita zonas de rastreo, organiza la búsqueda por cuadrículas, maneja brújulas, GPS y cartografía. Si el guarda identifica una dirección probable, el técnico calcula el radio lógico de búsqueda según la topografía, la vegetación y las posibles rutas de desplazamiento. Su papel es transformar el conocimiento empírico en metodología.

Por encima de la operación está el ingeniero forestal, encargado de la planificación global y la coordinación interinstitucional. Aunque no siempre esté físicamente abriendo camino con machete, su rol es decisivo: movilizar recursos, gestionar logística, solicitar apoyo aéreo, drones o equipos especializados y garantizar que la búsqueda se realice bajo protocolos seguros y eficaces. Además, es quien debe defender presupuestos y fortalecer la estructura del sistema forestal para emergencias futuras.

Ignorar esta cadena de funciones tiene consecuencias graves. Cuando se envía únicamente a fuerzas policiales sin apoyo forestal especializado, se pierde tiempo valioso. Cuando faltan técnicos, la búsqueda se dispersa y pierde eficacia. Y cuando no hay ingenieros que impulsen recursos y planificación, los guardas terminan entrando al bosque sin radios, sin botas y sin las condiciones mínimas para operar.

El caso del helicóptero desaparecido vuelve a poner sobre la mesa una realidad incómoda: los bosques no se buscan desde.